Hoy no sé escribir. Ya no sé escribir. Nunca he sabido escribir.
Debería haber escrito en caliente en lugar de meterme en la cama, apretar los ojos y repetirme mil veces: “deja de pensar con palabras, deja de pensar con palabras, deja de pensar con palabras…”
3.30 am. A la luz del fluorescente de la cocina, un cigarrillo en una mano y un colacao en la otra, intentando calmar la vorágine en la que se ha convertido mi monólogo interior. Se me siguen saltando las lágrimas.
Alguien dijo “trémula” y me significó.
Me duele el cuerpo tras esta mudanza del alma. He dejado que te acerques, me abras en canal y hagas nudos con mis vísceras. Y después me has cosido con una grapadora. Me duele el cuerpo de intentar levantarte.
Hoy aún tirito. He probado una deriva falsa, falsa, para acallar este zumbido. Después lo he verbalizado para volver a temblar. He cerrado los ojos y he caminado recordando el frío de la noche. Al llegar a casa alguien me ha susurrado, bajito, y todo ha fundido a negro.
He soñado cosas muy raras. Primero discutía con una señora que se parecía un poco a la ficticia madre de Patricia (de Patricia y Colette) porque su hija adolescente se quitaba el sujetador en público y yo le decía que la libertad de su hija para quitarse el sujetador en público terminaba donde empezaba mi libertad de no tener que verle las tetas. Luego se enfadaba otra vez conmigo porque le comentaba que “ese señor se parece a dios” refiriéndome a un tipo con una barba blanca y rizada como la de papá noel. Luego yo hablaba con el señor-dios que estaba con su novio y un montón más de señores gays y resultaba que al final todos conocíamos a un tal Nacho que tenía un novio francés y una casa con piscina en Cádiz. Luego volvía a mi casa y estaba llena de goteras y el suelo medio inundado. Había sumideros en el centro de cada habitación. Luego había otra habitación vacía, con sólo una mesa en el centro y un gran ideograma de la palabra “mujer” dibujado en el suelo.
Supongo que todo esto es producto de:
2 horas largas de clase japonés, una carrera de 100 metros, unos cuantos escalofríos, media pinta de Affligem roja, un vestido de Hoss dibujado en una servilleta, que no recuerdas el nombre del pueblo más bonito de España, 33 cl de Affligem rubia, la diferencia entre medias de rejilla medias de red y medias caladas, tarifas de traducción y millares de matrices, una sopa de cebolla, 2 mensajes al móvil, 33 cl de rubia extremeña Legado de Yuste, osteópatas, inspecciones de riesgos laborales, una bicicleta dorada, Bill Murray, Fat Boy Slim, Jim Jarmusch, una llamada de teléfono, Apache, Woody Harrelson, Tilda Swinton, Primus y Les Claypool, alguna mentira, el BMW X1 color caramelo tostado, el Skoda, el dj delincuente, el dueño del Charlie alias: “yo soy un pijo y no quiero trabajar”, que tengo cara de chupatintas, que tu amigo es Sid Vicious y 66 cl de… ¿Mahou?
A veces escucho una palabra que me enamora. Hace unos días fueron los “atractores extraños”. Demasiado complicados para mi nulo conocimiento matemático. Forman parte de la teoría del caos y están relacionados con los fractales. Son muy hermosos.
Incluso existe un programa para crearlos en tu ordenador.
No consigo encontrar nada navegando así que pongo pie en tierra y me voy al ce(r)n-tro de la misma, a no sé cuántos metros bajo tierra, a ver túneles kilométricos con miles de imanes adosados que desvían trayectorias a velocidades lumínicas.
Intentando llenar este vacío, llenarlo de partículas, elementales o no, muones y gluones.
Yo también me muevo a altas velocidades y espero que alguna bobina electromagnética desvíe mi curso, dirigiéndome hacia la colisión final.
Fotos de fotos de P. Ginter.
(Gracias a Bea por el soplo)
Intento no querer ser alquien que no puedo ser/siempre me pareció bien desear la quietud/y tú/siempre en movimiento/que aún estás ahí, por mí/en la casa/en la cama de madera/en mis manos que descansan