la trampa
febrero 23rd, 2012 § 3 comentarios
La encerraron en una habitación llena de cosas. Cuadros, libros, productos de limpieza, cachivaches viejos, decoraciones antiguas. El espacio justo para levantarse de la silla de oficina polvorienta. Por compañía le asignaron una peluda hembra de veinticinco kilos, tricófaga, aerofágica, un poco senil y con síndrome de príncipe destronado. Le racionaron el agua y las visitas al baño. Una por la mañana, con suerte una a mediodía y una por la noche. La comida: frugal y rápida. Mientras, escuchaba sus voces e intentaba descifrar aquel idioma masticado del que solo entendía algunas palabras. Ellos siempre sonreían y daban explicaciones estúpidas o incomprensibles. Los ruidos no cesaban. A veces temblaban las paredes. Si un estruendo le sobresaltaba miraba por una rendija, sigilosa. Ellos no accedían a sus peticiones y se empeñaban en alargar el encierro. “A nosotros nos duele más que a ti, pero es lo que hay”, musitaban. Volvían a encerrarse y encerrarla; retomaban sus intrigas.
Al cabo de dos días se dio cuenta de que las noches eran tranquilas. Llegaba el silencio. Dormía con una calma encogida, soñaba cosas extrañas e incluso llegó a rechinar los dientes. Un descanso incómodo, consciente de la tortura que volvería por la mañana. Se preguntaba qué pensarían los vecinos, si habrían sacado sus propias conclusiones, si sentirían compasión o, en su retorcimiento habitual, pensarían que lo tenía merecido. Pasaban los días y se iba haciendo más pequeña. Se le encogieron las costillas, hacia dentro, provocándole un dolor sordo y continuado. Los hombros iban cediendo, el cuerpo seguía menguando pero la cabeza parecía sufrir el proceso contrario, más pesada e inmanejable. Al animal también parecía afectarle la tensión. Le daban ataques de hiperactividad e intentaba correr en un espacio inexistente; bostezaba histérico llenando el aire con su aliento de bestia. Por suerte debía de ser mudo pues no emitía sonido más allá del de sus gases.
Con los días, aprendió a distinguir el sonido de la llama del ruido del esfuerzo, las revoluciones de la cuchilla de los siseos tóxicos. Si aparecía un nuevo sonido se le arrugaba el estómago y el cerebro se erguía atento, imaginando cientos de cruentas posibilidades. Cuando uno de ellos rompió a carcajadas mil agujas se clavaron en su espalda. Durante horas, cada golpe, cada chirrido, amorataba un poco más su espíritu dejándolo finalmente inservible, como un trapo mojado y sucio.
Dejó de resistirse. Cedió a todo. Se dejó caer en manos de una resignación férrea, en el abandono total de la lucha. Claudicación.
“Haced lo que queráis. Mañana será el último día.”
Me recuerda a mi lugar de trabajo.
Me preocupa esa peluda hembra de veinticinco kilos con el síndrome de príncipe destronado. En un principio, y como no hay datos precisos, pensé que podría ser una gata. Una gata pasa por ser un buen animal de compañía en un cuarto lleno de cosas. Además, todas las gatas son tricófagas. Pero claro, una gata que pese veinticinco kilos no es una gata normal, a no ser que sea una gata Maine Coon, cuestión, por otro lado, improbable. No, las gatas no pesan tanto. Al final, después de darle muchas vueltas al asunto, me decidí por catalogar al animal de compañía como una perra. Una perra peluda, senil, muda, con gases y con patología celosa.
Qué malos son los celos, aunque sean celos caninos. Si a esa perra aerofágica la pilla por banda Mariah Carey, seguro que la lleva al psicólogo canino, igual que hizo con sus cuatro perros cuando estos experimentaron el síndrome del príncipe destronado al tener ella un hijo.
La otra, pobre, ¿no?
Abundando en el tema de las mascotas con síndrome de príncipe destronado (es que me aburro, compréndeme, estoy en el trabajo pero no tengo trabajo, probablemente dentro de poco no tenga ni que estar en el trabajo, los blogs en los que me divertía poniendo de tó ya no existen, y si existen, existen poco. No me interesa ninguna red social. Estoy acabando de leer, en un maravilloso Papyre que me regalaron en reyes, a Murakami y su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (esto va en cursiva), que me gusta pero me cansa a la vez, es un poco rollo que te cuente repetidas veces cómo cuece los espaguetis, creo que me voy a saltar un par de capítulos antes de que acabe la tarde. Me siento un poco como la chica esa que metes (qué cabrona eres a veces) en una habitación llena de cosas. A Bitter le recuerda a su lugar de trabajo. A mí también).
Ya no me acuerdo que quería decirte… me voy con Murakami.