Cocidos escogidos

22 febrero, 2007 § 3 comentarios

Hallábame yo hoy cocinando unas sopas de ajo cuando resonó en mi cabeza la frase “la sopa de ajo no lleva pimentón”. Esta frase lapidaria, en tiempos, fue motivo de una extensa disputa doméstica sobre el uso y abuso del pimentón que finalmente se zanjó con la conclusión de que en cada casa los guisos más tradicionales se cocinan como el cocinero aprendió por arraigo familiar.
Como con las reglas del parchís, cada hogar cuenta con sus propias normas.
Eso me llevó a pensar en el “guiso rey”, el cocido, y en las distintas versiones familiares que a lo largo de mi vida he tenido el placer de degustar. Vaya por ellos este brindis con tinto y su pan para pringar.

El cocido de la abuela P.
De este cocido me queda poco más que el recuerdo de la larga y pesada siesta en la que caíamos los comensales después de cebarnos, porque las abuelas suelen tener complejo de bruja de Hansel y Gretel y se empecinan en cebar a la familia.

El cocido de mi madre
Curioso caso el del cocido materno inexistente. Pudiera ser que su nombre árabe le impida elaborar guisos con grandes cantidades de cerdo. La cuestión es que mi madre nunca hizo cocido.

El cocido de mi padre
Las visitas de fin de semana a casa de mi padre en ocasiones se complementaban con un estupendo cocido. El ritual del cocido paterno era el siguiente: primero la sopa, con sus fideos; después los garbanzos, con patatas y repollo, aderezados con aceite y vinagre; y por último las carnes, chorizo, morcillo, pollo, entre las que nunca faltaba la morcilla.

El cocido de mi suegra
La primera vez, fue toda una experiencia sociológica.
Fue la primera ocasión en la que comprendí claramente que cada persona es un mundo, y cada cocido, un universo. El cocido de mi suegra se parece al de mi padre en que lleva garbanzos. Y ya.
El ritual asimismo es completamente diferente. Primero se pregunta si alguien quiere sopa. ¿Cómo que si alguien quiere sopa? ¿Desde cuando es voluntaria una sopa de cocido? Pues sí. Aquí es voluntaria. Tanto es así, que después de un par de cocidos siendo la única (mosca cojonera) que la pedía, opté por adaptarme al rito familiar. Nada de sopa.
El primer plato, pues, son los garbanzos con caldo. “¿Y las patatas?” “¿Qué patatas? El cocido no lleva patatas”. Cierto es, ¿en qué estaría yo pensando?
“¿Quién quiere repollo?” ¡Repollo! Algo es algo.
Los garbanzos, pedrosillanos ellos, se acompañan, además del repollo, con un cuenquito de vinagre y unos trozos de cebolla para mojarla en él. No me pregunten por qué.
Después de los garbanzos aparecen las fuentes de “condumio”, como allí llaman a las carnes. Pollo, morcillo, chorizo, tocino, morcilla…¿Morcilla? ¿Dónde está la morcilla? “Aquí no le echamos morcilla.” ¡Vaya por dios! Con lo que me gusta a mí que me vaya repitiendo durante toda la tarde. “¿Y eso qué es?” “Eso es el relleno”. ¡Ah! Un cocido con “relleno”, para que llene un poco más, ¿no? El tal relleno es una tortilla de pan, con ajo y perejil machacados (el “machao”), que se mete en la olla durante un rato para que absorba bien el caldito. El relleno se ha convertido en uno de mis mejores compañeros de cocido. Desde que lo conozco, no puedo pasar sin él.
Pero lo más interesante ocurre justo después de que aparezca la fuente de condumio. Entonces, las barras de pan pasan de mano en mano, cada vez más diminutas, y cada comensal corta un trozo del tamaño de un bocadillo de merienda de colegio. Yo pensé que el tocino no daría para tanto pan. Ingenua. ¿Quién me decía a mí que era para el tocino? Allí mismo, todos los hermanos, madre, abuela y si se tercia el primo también, se disponen a rellenar (¡más relleno!) sus panes con una selección de carnes, tocino y chorizo. ¡Toma bocadillo de cocido! Esta es una tradición a la que no he conseguido sumarme, a pesar de estos más de siete años de cocido de mi suegra. Cada cocido es una fiesta de los sentidos y los 9 o 10 o 12 que nos juntamos en tales ocasiones disfrutamos en familia de esta tradición.

El cocido de mi esposa
Éste, como es de esperar, es el vivo retrato del cocido de mi suegra. La única diferencia es que mi mujer no se separa de la olla entre las nueve y las dos de la tarde, cosa que le causa mucha risa a mi suegra. “Hija, si el cocido se hace solo…” “Ya, mamá, pero es que hay que desgrasarlo…”

Mi cocido
Teniendo esta suegra y esta esposa, ¿piensan ustedes que voy a molestarme en hacer un cocido?

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