Reboot

22 febrero, 2010 § 2 comentarios

Ayer verbalicé por primera vez un ejercicio de autocontrol que me impongo de vez en cuando: la desconexión. Después reflexioné un poco más a fondo sobre el por qué de ese ejercicio. Uso la pantalla para trabajar y también como entretenimiento, medio de comunicación, de inspiración y de creación. En determinados momentos me siento saturada y vacía al mismo tiempo. Confusa. Incapaz de asimilar ni la información ni la belleza. Me convierto en un vertedero de imágenes y textos sin orden ni concierto ni utilidad. He estado expuesta a tantos estímulos que no reacciono ya ante ninguno. Sólo entonces me doy cuenta de que tengo que desenchufarme para reencontrarme conmigo misma (no con ese ente virtual -simulacro- que habita el ciberespacio). Sufro sobrecalentamiento y necesito reiniciarme. Me he convertido en una máquina y debo desconectarme para volver a ser humana.

En algún lugar recóndito de mi mente resonaba el nombre de Baudrillard y algo relacionado con las pantallas. Hoy, en un rato muerto, busco y encuentro (de nuevo frente a la pantalla, esta vez como lugar de aprendizaje e investigación, no el único pero quizá sí el más inmediato).

Vídeo, pantalla interactiva, multimedia, Internet, realidad virtual: la interactividad nos amenaza por todos lados. Lo que estaba separado se ha confundido en todas partes, y en todas partes se ha abolido la distancia: entre los sexos, entre los polos opuestos, entre el escenario y la sala, entre los protagonistas y la acción, entre el sujeto y el objeto, entre lo real y su doble. Y esta confusión de los términos, esta colisión de los polos hacen que en ningún sitio exista ya un juicio de valor posible: ni en arte, ni en moral, ni en política. […] Ya no hay separación, ni vacío, ni ausencia: uno entra en la pantalla, en la imagen virtual sin obstáculo. Uno entra en su propia vida como en una pantalla. Uno enfila su propia vida como una combinación digital.

[…]

Las máquinas sólo producen máquinas. Eso es cada vez más cierto a medida que se van perfeccionando las tecnologías virtuales. A cierto nivel de maquinización, de inmersión en la maquinaria virtual, deja de haber distinción hombre/máquina: la máquina está en los dos lados del interfaz. Quizá ya sólo seamos su propio espacio, el hombre convertido en la realidad virtual de la máquina, su operador en espejo. Eso guarda relación con la esencia misma de la pantalla. No existe un más allá de la pantalla como existe un más allá del espejo. Las dimensiones del tiempo mismo se confunden allí en el tiempo real. Y como la característica de cualquier superficie virtual es, ante todo, estar allí vacía y, por tanto, poder ser llenada por lo que sea, de nosotros depende entrar en tiempo real, en interactividad con el vacío.

[…]

Pero ¿existe realmente la posibilidad de descubrir algo en el ciberespacio? Internet no hace más que simular un espacio mental libre, un espacio de libertad y descubrimiento. De hecho, solo ofrece un espacio desmultiplicado, aunque convencional, donde el operador interactúa con elementos conocidos, sitios establecidos, códigos instituidos. Más allá de esos parámetros de investigación no existe nada. Cualquier pregunta es asignada a una respuesta anticipada. Uno es el interrogador automático al mismo tiempo que el contestador automático de la máquina. A la vez codificador y descodificador, de hecho nuestro propio terminal, nuestro propio corresponsal. Es eso el éxtasis de la comunicación. Ya no hay otro enfrente, ni tampoco destino final. El sistema gira así sin fin y sin finalidad. Y su única posibilidad es la de una reproducción y de una involución al infinito. De ahí el confortable vértigo de esa interacción electrónica e informática, similar al de una droga. Uno puede pasarse toda la vida en ella, sin discontinuidad. La droga misma no es más que el ejemplo perfecto de una interactividad enloquecida en un circuito cerrado.

[…]

El ordenador es, en cambio, una verdadera prótesis. Yo mantengo con él una relación no sólo interactiva, sino también táctil e intersensorial. Yo mismo me convierto en un ectoplasma de la pantalla. De ahí provienen, sin duda, de esa incubación de la imagen virtual y del cerebro, las insuficiencias que afectan a los ordenadores y que son como los lapsus de nuestro propio cuerpo.

En cambio, el hecho de que la identidad sea la de la red y nunca la de los individuos, el hecho de que la prioridad se dé a la red más que a los protagonistas de la red, conlleva la posibilidad de disimularse en ella, de desaparecer en el espacio impalpable de lo virtual y no estar ya localizable en ningún lugar, ni siquiera para uno mismo, lo cual resuelve todos los problemas de identidad, sin contar los problemas de alteridad. Así, la atracción de todas estas máquinas virtuales se debe sin duda menos a la sed de información y de conocimiento, e incluso a la de contacto, que al deseo de desaparecer y a la posibilidad de disolverse en una operabilidad fantasmal. Forma planeante que hace las veces de felicidad, de una evidencia de felicidad por el hecho mismo de que ya no tiene razón de ser.

La virtualidad sólo se aproxima a la felicidad porque retira subrepticiamente cualquier referencia a las cosas. Nos da todo, pero de manera sutil nos escamotea al mismo tiempo todo. El sujeto se realiza en ella perfectamente, pero cuando el sujeto está perfectamente realizado, se convierte de forma automática en objeto y cunde el pánico.

Jean Baudrillard, Pantalla total

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§ 2 respuestas a Reboot

  • Fer dice:

    En fin, eso nos ha pasado a todos. Pararnos de repente, mandar al mundo a hacer puñetas, mirar alrededor fríamente y volver a ponernos en marcha.
    A mí me funciona: garantía de calidad.

  • castujo dice:

    Poh yo cuando tengo poblemas de identidá me bajo al bar del chuche, que me pone unos vinitos y salgo tan contento y tó.

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