13 julio, 2011 § 3 comentarios

Hay alguien al otro lado de la puerta. No toca el timbre, se limita a rozar la superficie con las uñas. A través de la mirilla, en la penumbra del pasillo, distingo una caja bajo su brazo con la palabra “verano” escrita con rotulador. Sigue arañando la puerta, lenta y rítmicamente. Me siento en el suelo junto a la entrada y de vez en cuando pego la oreja a la rendija entre las bisagras.  Respira con calma. Permanezco ahí, agachada, esperando en silencio. Diez, veinte, cincuenta minutos. No se cansará nunca. ¡BAM! Un golpe seco de su palma contra la puerta dispara mi pulso. Mi cabeza y mis tripas son un revoltijo de sensaciones opuestas. Quiero saber qué hay dentro de la caja. En el estómago botan cien coloridas pelotas de goma. No estoy dispuesta a abrir. Quiero que entre. ¿Qué trae esta vez? ¿Qué se va a llevar? Vuelve a arañar la madera. Solo intenta ser cortés. Podría haberse colado en un descuido pero prefiere avisar de su llegada. En el umbral se va construyendo una estructura formada por interrogantes, hilos de acero, trozos de papel y puntos suspensivos. Cada vez más gruesa, cada vez más densa. Excitación de regalo de cumpleaños y rechazo de lo inesperado. Se irá diluyendo como un diente de leche en un vaso de cola. Se colará por debajo la puerta. No necesita las llaves. Y lo sabe.

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