plaza del aire

29 marzo, 2012 § 1 comentario

De nuevo en la Plaza del Aire. Trabajando la inmovilidad para esquivar la parada perpetua. Incomprensiblemente siento una tranquilidad atípica, una aceptación que no se parece en nada a la abnegación o la resignación. Es algo más parecido a una paz interior que nada logra agitar; un enorme lago transparente sin insectos que rocen la superficie. Ni una brisa que pique el agua. A pesar de estar en la Plaza del Aire. No sé si es bueno o es que ya soy de piedra.

Uno podría pasar la vida esperando aquí. A cubierto de la lluvia. Alimentándose en las máquinas expendedoras. No hay una sola máquina expendedora de manzanas. Ni siquiera en el restaurante hay piezas de fruta a cualquier hora del día. Dieta sana. Sí. Ya. Sales a fumar y encuentras médicos y enfermeras fumando a todas horas. Siempre me sorprende. Con qué derecho una de estas personas puede decirme que deje de fumar. Traumatólogos, neurocirujanos, con sus pitillos bajo la lluvia. No he visto médicos con sobrepeso pero sí enfermeras y celadoras cercanas a la obesidad mórbida. Cosa de glándulas. Compañeros de habitación. Gente de pasta. Militares, médicos, empresarios, enfermeras y madres de familia. De esas familias enormes que utilizan apelativos como Cuchi o Tita. “¿Cómo se llama Chica?” “No sé.” Menos mal que son familia. Los ricos son ricos porque son mezquinos. Si hay otro que pague mejor para ellos. Incapaces de insertar tres euros en la ranura. Pero son todos increíblemente educados. Al final hasta les coges cariño. Uno de los hijos es un encanto. “Artesano” me dice. “Menudo disgusto” pienso yo. La esposa eternamente al lado. Misa y comunión diaria. He conocido tres capellanes y todos intentan hacerse los graciosos. Luego ponen ese tono de voz gutural “Este es el cuerpo…” mientras el paciente contesta como puede “Señor, no soy digno blablabla pero una palabra tuya bastará para sanarme.” Una palabra tuya. Y tres intervenciones quirúrgicas y ocho clavos de titanio y dos o tres bolsas de sangre. Y como nuevo. Los ateos nos dejamos lavar por las enfermeras o las hijas —por qué no por los hijos, no lo sé— y miramos de reojo esa ventana con la persiana siempre echada y vemos pasar los coches y los autobuses por el paso elevado. También nosotros tenemos nuestro altar de plasma y tornillos pero colocado mucho más abajo, a la altura de la frente y el pensamiento lógico.

Primera noche de primavera. Nieva. Quirófano 11. Durante seis días seguidos, dos veces al día, mientras subía las escaleras mecánicas comenzaban a llegar las mismas notas de siempre. Daba igual qué hora fuera. El único cambio era la ubicación, que variaba para hallarse siempre a mi derecha. Al séptimo día, aquel en que los dioses trabajarían titanio y otras sangres, al séptimo día, mientras la escalera me ascendía lúgubre y monótona, las notas llegaron distintas. Me asusté. No podía ser. No precisamente hoy, el día séptimo. Acumulamos diariamente pequeños fetiches inconscientes. Inapreciables hasta que fallan. Tenía que sonar la misma canción y allí no estaban las notas correctas. Pánico. El trayecto durante el cual podría apreciarse la melodía comprendía tres tramos de escalera semi-infinita y un pasillo rodante inacabable. Al iniciar el último ascenso la música volvió a ser la de siempre. Respiré. Todo ha pasado. Todo sigue igual que siempre. Nos fabricamos nuestras propias señales de alarma. Aquella canción, que hablaba del silencio, me reafirmaba cada día, dos veces, que todo iba a salir bien. Ocho horas y media después. También nevó la séptima noche. En algún lugar no dejó de nevar los siete días siguientes. Hasta que el pie pisó el asfalto y dejó atrás el pijama verde. Hasta entrar por una puerta de hierro que da paso a los jardines transitorios. Se fue la nieve y llegó el reposo, alejado y turbio. Ocho semanas de frágil primavera.

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