Phantomschmerz

7 junio, 2013 § 1 comentario

Hace bastante tiempo, más de un año, me di un golpe en un dedo. Uno de esos golpes tontos que te das por ser confiado, por calcular mal las distancias. Uno de esos golpes que te hacen gritar y que se te salten las lágrimas. De los que dejan un dolor sordo, amodorrado, durante un par de días. Unos meses después, al intentar hacer algo -no recuerdo qué- volví a sentir la dentellada. Me sorprendió su intensidad, que no se hubiera curado.  El dolor se hizo más frecuente; al principio eran solo ciertos movimientos pero terminó convirtiéndose en una punzada constante. No me dejaba dormir, no me dejaba escribir, no podía dejar de pensar en el puñetero dedo y su tormento. Decidí consultar a un especialista: “Hay que cortar” dijo. Consulté a otro: “Tienes que cuidártelo” opinó. Un tercero: “Esas cosas se curan solas con el tiempo.” Yo miraba el dedo. Si había que cortar no sabía por dónde. Si intentaba curármelo el mero tacto hacía que me retorciera. Quizá se curase solo. Quizá en un mes. O en cinco. Aposté por la paciencia. Esperé y esperé y en más de una ocasión pensé en cortarme la mano entera. Excepto cuando dolía, tenía la sensación de que el dedo estaba muerto y la idea de cargar con él me resultaba agotadora. En algún sitio oí hablar de una crema que tal vez surtiera efecto. Atravesé la ciudad en plena noche para comprársela a un tipo. En seguida me la unté, con muchísimo cuidado, rozando apenas la piel. Tras unos segundos de aparente alivio, el dolor acostumbrado se convirtió en fuego, agujas, ruedas dentadas, martillos, sierras y tenedores.  Pero no me rendí, más convencida que nunca de que no me cortaría el dedo. Pasaron los meses. Parecía que ignorar el dedo era la mejor de las medicinas ya que a cambio de cualquiera de mis cuidados obtenía una recompensa de agonía. Hasta aquel día. Me desperté como todas las mañanas y al lavarme la cara en el lavabo vi que el dedo no estaba. Corrí al dormitorio, alboroté todas las sábanas, miré en la mesilla, busqué debajo de la cama, por el pasillo, por toda la casa. Nada. Me senté a fumarme un cigarro con manos temblorosas. Ni siquiera tenía el síndrome del miembro fantasma. Con el tiempo he llegado a pensar que nací así, sin ese dedo. Que aquel dedo nunca debió estar allí y por eso se cayó solo. Como un diente de leche.

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