Clases de costura

28 junio, 2017 § Deja un comentario

Hace años me acerqué al dolor y salí con un dedo menos.

Y el dolor siguió ahí. Inventé la manera de desintegrarlo, como el niño que se oculta tras las manos. Fui yo la que desapareció. Lo evité de mil maneras: cerraba los ojos y las puertas, corría en dirección contraria, rehuía cualquier vislumbre, soslayaba el encuentro.

A veces el dolor se colaba en la vida de improviso y desbocaba al potro de la ansiedad, retumbaban palpitantes los oídos, fallaba el aliento, era yo toda un río de temblores y abismos. Negra la tierra se abría debajo y solo quedaba huir o sonreír. Temblando.

La venda elegida no curaba.

La ceguera no sirve y la invisibilidad no existe.

Por qué seguir sangrando por la misma herida.

Decidí escuchar la que yacía dentro agazapada, que tras meses de asfixia y martilleo en la nuca me recetó los cuidados de la trapecista.

«Practica contigo la generosidad de la cura sin perder de vista el barranco. Ofrece con gesto amplio y sincero lo que corresponde a la aguja.  Date al fin lo que te pertenece: una bonita cicatriz.»

MARÍA MELERO_la cura

Ilustración del libro «La cura», de María Melero

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